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Oración del día 30 de marzo, 2019

Dios mío, al pasar de los años, el mundo va destruyendo nuestros sueños sin piedad alguna. Aquellos sueños de niño y adolescente, en los que uno se veía como el valiente guerrero o el héroe que salvaba vidas a diestro y siniestro fueron derrotados al empezar a darse uno cuenta que se estaba más cómodo en el sofá y con el consejo de los sabios de que, quien se mete a redentor, acaba crucificado.

Luego llegaste Tú, Dios mío, no como un sueño, si no como una realidad palpable que hacías arder mi corazón y descubrías facetas de mí, que yo desconocía totalmente. Y prometí seguirte hasta el fin de mis días. Tú eres mi Dios y Padre y sabes que a trancas y barrancas te he seguido. El fuego en mi corazón ya es tan solo un humilde rescoldo y el sofá sigue apeteciendo más que antes. Por todo eso, Dios mío, te pido perdón, por dejar apagar el fuego de mi juventud, por dejar que se muriera el ideal de santidad, por pensar que, como tu amor lo tengo seguro, no hace falta pelear por él.

Y aquí me tienes, Dios mío, con el corazón humillado y el amor propio por los suelos. Tengo que reconocer, Señor, que no puedo presumir de nada. Soy un fracaso según lo que Tú esperabas de mí. Sé que yo solo no puedo levantar el vuelo. Necesito tu perdón y la seguridad de que estás en mí para que pulses las últimas cuerdas de mi alma y la hagas vibrar otra vez. Soy tuyo, Dios mío, y ante el fracaso de mis intentos, me abandono en tus manos, para que Tú hagas tu voluntad en mí.



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