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¿Proselitismo sí o no?

Es difícil saber qué quiere decir el Papa cuando habla del proselitismo. Incluso uno puede sospechar que él mismo no lo tiene del todo claro. Sin embargo, cuando finalmente da algún detalle práctico de lo que entiende por esa nefasta práctica, hay algo que chirría.

Hace unos días, al volver de su viaje a África, el Papa hizo unas afirmaciones más que llamativas sobre el proselitismo, considerado como un comportamiento que debe evitarse a toda costa. En primer lugar, se congratuló por la fraternidad interreligiosa que encontró en Isla Mauricio:

“Me impresionó mucho la capacidad de su país para la unidad interreligiosa, el diálogo interreligioso. La diferencia entre las religiones no se borra, pero se subraya que todos somos hermanos, que todos tenemos que hablar. Esto es una señal de la madurez de su país. […] Ustedes son hermanos, la hermandad humana que está en la base y respeta todas las creencias. […] Aprovecho la oportunidad para subrayar esta experiencia interreligiosa suya que es tan hermosa. […] Es muy, muy importante. También en las reuniones no sólo había católicos, había cristianos de otras religiones, y había musulmanes, hindúes y todos eran hermanos”.

Esta parte ya resulta un poco extraña, porque parece que la existencia de paganos y gente de otras religiones en la isla debería ser un aguijón para cualquier católico, más que ocasión de admiración de la “hermosura” interreligiosa. A fin de cuentas, son personas que viven en tinieblas y en sombras de muerte, porque no han conocido la Luz del mundo, que solo puede ser Jesucristo. “El amor no es amado, el amor no es amado", gritaba San Francisco de Asís, horrorizado.

Es cierto que el hecho de que esos paganos y miembros de otras religiones se lleven bien entre sí y con los cristianos es positivo. Sin embargo, “llevarse bien” es un pobrísimo sucedáneo de la salvación en Cristo, la fe católica y el cielo. Esa hermandad humana e interreligiosa que es “muy, muy importante” y “tan hermosa” y que “impresiona” y que es “señal de madurez” y “está en la base” no le llega a la altura del betún a ser hijos de Dios y por lo tanto verdaderos hermanos en Cristo, que es una realidad milagrosa, proporciona la salvación y dura eternamente. ¿Qué pensarán los paganos si el jefe de los cristianos, en vez de anunciarles la fe católica, les elogia precisamente porque, sin tenerla, ya son hermanos? La impresión casi inevitable que sacarán será que tener o no tener esa fe a fin de cuentas no es importante, que no es “la base”, que lo que de verdad importa es llevarse bien y lo demás son tradiciones secundarias. Es decir, el indiferentismo religioso.

Resulta muy significativo a este respecto que, pocos días después de terminado el viaje, se ha anunciado que el alto comité interreligioso creado por el Papa y el Imán de Al Azhar pedirá a la ONU que establezca el Día de la Fraternidad Humana. La Iglesia pierde fieles a millones, pero nosotros nos dedicamos a fomentar la tan hermosa fraternidad humana.

Continuaba después el Papa hablando ya expresamente del proselitismo:

“El respeto religioso es importante, por eso les digo a los misioneros que no hagan proselitismo. El proselitismo es una falacia para el mundo de la política, del deporte - anima a mi equipo, a tu equipo… - pero no para la fe. Pero, ¿qué significa para usted, ¿Santo Padre, evangelizar? Hay una frase de San Francisco que me ha iluminado tanto. Francisco de Asís dijo a sus frailes: “Lleven el Evangelio, si es necesario también con palabras. Es decir, evangelizar es lo que leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles: el testimonio. Y ese testimonio provocó la pregunta: “Pero, ¿por qué vives así, por qué haces esto? Y allí les explico: “Es para el Evangelio". La proclamación viene primero del testimonio. Primero vives como cristiano y si te piden que hables, ellos hablarán. El testimonio es el primer paso y el protagonista de la evangelización no es el misionero, sino el Espíritu Santo que lleva a los cristianos y a los misioneros a dar testimonio. Entonces vendrán las preguntas o no vendrán, pero el testimonio de vida cuenta. Este es el primer paso. Es importante evitar el proselitismo. Cuando ves propuestas religiosas que siguen el camino del proselitismo, no son cristianas. Buscan prosélitos, no adoradores de Dios en verdad”.

Incluso si tenemos en cuenta la utilización de un lenguaje informal y poco preciso, estas palabras son difíciles de conciliar con lo que enseñan la Escritura y la Tradición católicas sobre el tema. ¿Qué mandó Cristo? Id y anunciad el Evangelio a todas las gentes, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. No dijo “a los que vean vuestro testimonio y os pregunten”, sino “a todas las gentes”. Y explicó que tendrían que dar testimonio de palabra incluso ante los que los azotaran en las sinagogas y ante los gobernadores y reyes que los arrestaran precisamente por ser cristianos, muestra de que su testimonio de vida no les había impresionado favorablemente.

📷¿Qué hacía San Pablo? No se fue a vivir entre los griegos, fundó un hospital y cuando alguien, veinte años después, se acercó para preguntarle por qué hacía eso, finalmente explicó que era cristiano. Lo que hizo fue ponerse inmediatamente a predicar. De hecho, cuando los griegos le preguntaron fue, precisamente, porque “le oían hablar de Jesús y de la resurrección” y porque “nos zumban los oídos con esas cosas tan raras que nos cuentas”. Entonces le llevaron al areópago de Atenas y allí predicó públicamente la resurrección, ganándose las burlas y el desprecio de los sabios, pero también tocando el corazón de varios: Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros. Algo similar hizo en el resto de sus viajes, predicando en sinagogas, plazas, cárceles y juicios. Por eso, porque sabía de lo que hablaba, pudo ordenar: predicad a tiempo y a destiempo. Y también por eso pudo decir: no me avergüenzo del Evangelio, que es poder de Dios para la salvación de todos los que crean.

Lo mismo hicieron San Pedro, San Felipe, San Juan y San Esteban, como nos cuentan los Hechos de los Apóstoles. Quizá por eso resulta tan llamativa la afirmación del Papa de que esa condena del proselitismo “es lo que leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles”, ya que en ese libro no hay ni rastro de lo que nos dice. Y durante todo el día no cesaban de enseñar y proclamar a Jesús, el Mesías, ya sea en el Templo o por las casas.

También invoca el Papa a San Francisco de Asís, apelando a la famosa frase de evangelizar y, cuando sea necesario, usar palabras, que según parece le ha “iluminado tanto”. Dejando de lado que es una frase apócrifa que muy probablemente nunca dijo San Francisco, incluso si la hubiera pronunciado evidentemente se referiría a la predicación en Europa, donde los hombres ya conocían el cristianismo, pero tantas veces no lo vivían de verdad. En ese ámbito, se podría entender que lo más importante fuera mostrar cómo se vivía de verdad el cristianismo, porque la gente ya lo conocía.

En cambio, ¿qué hicieron San Francisco de Asís y los franciscanos en los países no cristianos? ¿Dedicarse a sus cosas y no predicar el cristianismo a los musulmanes, como tanto elogió el Papa en el caso de la Iglesia en Marruecos? Hicieron exactamente lo contrario. El santo de Asís se presentó ante el sultán y le predicó abiertamente y delante de todos a Jesucristo. San Francisco salvó su vida por el asombro que causó al sultán y porque Dios lo quiso, pero muchos otros franciscanos dieron su vida por actuar así: los protomártires franciscanos que predicaron en la Sevilla islámica y fueron martirizados en Marruecos en 1220, San Daniel y compañeros mártires, que murieron en Ceuta en 1227, San Juan de Perusa y San Pedro de Saxoferrato, martirizados en Valencia, los mártires franciscanos de Túnez, Granada, Damasco, Etiopía, Turquía y tantos otros. ¿Serían proselitistas? Apelar a San Francisco para denigrar la predicación a los paganos habría asombrado y escandalizado al poverello y a cualquiera de sus hijos hasta hace unas décadas.

¿Qué hizo San Francisco Javier, nombrado por la Iglesia como patrono de las misiones? Predicar, predicar y predicar, por las calles, las plazas y donde se pudiera. A veces, limitándose a repetir una y otra vez las escasas palabras sobre la fe que había aprendido en un nuevo idioma. ¿Qué han hecho, en fin, innumerables santos, misioneros y sacerdotes de todas las épocas de la Iglesia excepto, aparentemente, la nuestra? Predicar a los paganos y a las personas de otras religiones, a tiempo y a destiempo. Con mayor o menor éxito según las ocasiones, por supuesto, porque la conversión está en manos de Dios, pero predicando, predicando y predicando. Sin duda, su testimonio de vida sería estupendo y utilísimo en muchas ocasiones, pero en otras muchas sería simplemente la predicación lo que tocaría los corazones de los paganos. A fin de cuentas, y esto es fundamental, el cristiano no se predica a sí mismo, no predica lo bueno que él mismo es, sino a Jesucristo, porque llevamos ese tesoro en vasos de barro

A esto se suma que el término proselitismo en sí mismo se considera tradicionalmente en la Iglesia como algo bueno. Ya los padres de la Iglesia, desde San Justino, consideraban que hacer proselitismo era un deber propio de los cristianos y lo mismo han dicho infinidad de Papas, obispos, santos y teólogos hasta hace muy poco tiempo.

Por supuesto, según como se defina el término, puede haber proselitismos que no sean buenos. Diversos documentos de la Iglesia han definido en los últimos cincuenta años los proselitismos rechazables, “en el contexto del movimiento ecuménico”, como “publicidad a favor de la propia religión con medios y motivos contrarios al espíritu del Evangelio y que no salvaguardan la libertad y dignidad de la persona”, “en cuanto utiliza argumentos deshonestos para atraer los hombres a su Comunidad, abusando, por ejemplo, de su ignorancia o pobreza”, “cualquier presión sobre la conciencia” o “cualquier tentación de violencia y cualquier forma de presión” (cf. The joint Working Group between the Catholic Church and the World Council of Churches, “The Challenge of Proselytism and the Calling to Common Witness”, 1995; Directorio ecuménico, 1967; Juan Pablo II, Carta Mentre si intensificano, 1991; Comisión Pontificia pro Rusia, L’Église a reçu, 1 de junio de 1992).

Estos documentos, sin embargo, diferenciaban el buen proselitismo, que es el que tradicionalmente ha realizado la Iglesia, del mal proselitismo, con esas características que hemos indicado de violencia, engaño o conversiones pagadas. Asimismo, señalaban que la palabra “proselitismo” siempre había sido utilizada por la Iglesia y solo “recientemente” había “adquirido una connotación negativa” en algunas lenguas, resaltando la necesidad, al utilizar la palabra en ese sentido malo, de “especificar siempre ‘proselitismo en un sentido peyorativo’ o alguna otra expresión que denote actitudes y conductas criticables”.

Por desgracia, esa definición no parece ajustarse al proselitismo denostado por el Papa, que no distingue entre un buen y un mal proselitismo, sino que considera indiferenciadamente el proselitismo como el peor de los males, parece identificarlo con el hecho en sí de predicar a los paganos y lo asemeja de forma casi indistinguible a la simple evangelización. Ay de mí si no evangelizare.

La importancia de la predicación a los paganos a tiempo y a destiempo es fácil de entender, siempre que de verdad creamos que la salvación del hombre solo está en Jesucristo y en ningún otro lugar. No se nos ha dado otro nombre bajo el cielo que pueda salvarnos. Cuando vemos a alguien que camina con ojos cerrados hacia un precipicio, no esperamos a que nos pregunte, ni caminamos junto a él sin decir nada, ni tampoco andamos en dirección contraria esperando que siga nuestro ejemplo. Lo que hacemos, lo que haría cualquier persona decente, es gritar y avisarle del peligro y, si no nos hace caso, razonar con él, explicarle y rogarle que no siga por ese camino hacia el abismo. A no ser, claro, que en realidad no creamos que existe el abismo y, por lo tanto, tampoco la salvación.

Quizá ese sea el problema de nuestro tiempo. No es que los cristianos actuales seamos más tolerantes o respetuosos, sino, desgraciadamente, que apenas tenemos fe. Y el que no tiene fe, ¿cómo va a dar lo que no tiene?

Bruno M.



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