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¿Qué pasa con Zanchetta?

Los extraños vericuetos que atraviesa la peripecia vital del amigo del Papa y obispo emérito de Orán, Gustavo Zanchetta, lleva ya a muchos a pasar por alto si las cosas se han hecho bien o mal para empezar a preguntarse a qué viene todo este inexplicable lío.


Nada tiene sentido en este caso. Pongámonos en el panorama más optimista (e ingenuo) de los posibles: Zanchetta es inocente de los cargos por los que está siendo juzgado por la justicia argentina, y el Papa ignoraba tanto las proclividades sexuales de Zanchetta cuando le nombró obispo ‘por el procedimiento de urgencia, y sus verdaderos motivos para renunciar a su puesto al frente de la diócesis cuando le dio refugio en Santa Marta y creó para él un flamante cargo en la APSA romana.


Bien, eso sigue dejando un montón de preguntas sin responder. Para empezar, por qué renunció al obispado de Orán. La razón que dio en su momento fue una ‘enfermedad’, y el Vaticano hizo como le creía. Ahora sabemos que fue una mentirijilla, porque el portavoz vaticano reconoció saber que pesaban contra él cargos de abuso de poder y mala gestión.


¿Por qué el Papa contrata para la APSA a un hombre de que, según su propio portavoz, sabía que había abusado de su poder y que había gestionado desastrosamente la diócesis? Entendemos la misericordia de quien no castiga de ningún modo algo así, llega con la propia renuncia. Pero quizá sea llevar esa misericordia un poco lejos crear para él un cargo de campanillas en el centro del poder eclesial, ¿no? Después de todo, el APSA no es propiedad personal del Papa, se supone que debe procurar que los nombramientos sean adecuados.


Pero luego se supo que no eran solo ‘de poder’ esos abusos que habían forzado su renuncia; parece que también había de esos que tantos quebraderos de cabeza está dando a la Iglesia y sobre los que este mismo Papa decretó ‘Tolerancia Cero’.

Alessandro Guisotti, entonces portavoz interino, dijo que cuando fue nombrado para el APSA en Roma no sabían nada de esos, y que ahora que lo sabían, Zanchetta había sido suspendido de su cargo.


Pero clérigos argentinos con nombres y apellidos salen en prensa para decir que ellos enviaron hace años una carta a Roma contando el caso de los abusos homosexuales. Aportaban unas fotos obscenas del interesado, hechas con el móvil, que supuestamente había enviado a otros, seminaristas o jóvenes sacerdotes.


El Papa, al parecer, le interrogó por lo de las fotos y Zanchetta aseguró que habían ‘hackeado’ su móvil. El Papa le creyó. Y nosotros también estamos dispuestos a creerle: un hacker entró en su móvil y maliciosamente envió esas fotos. De acuerdo. No hubo acoso, entonces, pero ¿para qué se había hecho fotos desnudo y en posturas obscenas? No es exactamente lo que uno espera de un clérigo, mucho menos de un obispo.

Pero es que la aventura continúa. La justicia argentina, evidentemente menos misericordiosa que nosotros, sí encuentra indicios suficientes de abuso homosexual como para encausar al emérito. Y, para que no se sustraiga a la justicia, le aplica las restricciones de rigor. Pero sus abogados piden que se suspendan las restricciones para viajar a Roma “por motivos de trabajo”.


Y no una, sino dos veces: volvió en la fecha fijada por el tribunal, se le volvieron a aplicar las restricciones, y esta vez la orden de reincorporarse al trabajo llegó de la Curia, firmada por el sustituto de la Secretaría de Estado, el arzobispo venezolano -y acusado él mismo de conducta homosexual impropia- Edgar Peña Parra. Recordemos, de pasada, que la Santa Sede no tiene tratado de extradición con Argentina.


¿Qué trabajo? Debemos suponer que el mismo que creó para él el Papa. Es decir, que se ha levantado discretamente la famosa suspensión. ¿Qué ha cambiado? Si fue justo suspenderle en su momento, ¿por qué lo es reincorporarle ahora? ¿Ha surgido alguna prueba de su inocencia que ignoremos? ¿Es normal contratar para la administración vaticana obispos encausados por abusos homosexuales y que están siendo juzgados, después de haber renunciado a su sede pretextando una mentira? ¿No hay candidatos mejores para un puesto así?


Como empecé diciendo, nada cuadra, nada tiene sentido, ni siquiera pensando lo mejor de cada protagonista de esta extraña historia. O, quizá, nada tiene sentido si se piensa lo mejor.

Carlos Esteban




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