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¿Qué sueña Dios para ti?

En la última catequesis el Papa nos decía que Dios había soñado una vida para nosotros y que nosotros éramos libre de aceptarla o no. Ahora bien, ¿dónde nos puede llamar Dios? ¿Dónde crees que te puede llamar a ti?

El Papa empieza tratando la vocación al matrimonio y a la familia, la vocación al amor conyugalmente, es decir, de dos. «Sin duda, es una vocación que Dios propone a través de los sentimientos, los deseos, los sueños» (CV, 259). Y continua el Santo Padre «Me gusta pensar que dos cristianos que se casan han reconocido en su historia de amor la llamada del Señor, la vocación a formar de dos, hombre y mujer una sola carne, una sola vida. Y el sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, lo enraíza en Dios mismo» (CV, 260). ¡Qué bonito! El Señor nos ha pensado juntos, hombre y mujer, nos ha soñado unidos, en plena comunión, ¡cómo la Santísima Trinidad! ¡Qué fuerte!

Ahora… la vocación es una pedazo de aventura que requiere el completo olvido de uno mismo para darse totalmente y para siempre a la otra persona; para eso, antes, se debe preparar la entrega con pequeños «síes» diarios e ir trabajando el carácter para que estar a tu lado sea ¡un chollo! Dice el Papa Francisco «El verdadero amor es apasionado. El amor entre hombre y mujer, cuando es apasionado, te lleva a dar la vida para siempre. Siempre. Y a darla con cuerpo y alma» (CV, 261).

En la cultura de la provisionalidad que vivimos, ¡qué revolución comprometerse para toda la vida! Pero el Papa nos llama: «Yo les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan a contracorriente; esta cultura de lo provisional les hace creer que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades, cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente. Yo sí tengo confianza en ustedes y por eso los aliento a optar por el matrimonio» (CV, 264).

Pero… Dios también puede hacer un llamado especial, te puede pedir que seas solo para Él porque Él así te ha soñado y ha pensado que tu vida será más plena. No tengamos miedo a plantearnos verdaderamente lo que Dios quiere, con mucha paz, sabiendo que haciendo Su voluntad seremos plenamente felices, de verdad. «En el discernimiento de una vocación no hay que descartar la posibilidad de consagrarse a Dios en el sacerdocio, en la vida religiosa o en otras formas de consagración. ¿Por qué excluirlo? Ten la certeza de que, si reconoces un llamado de Dios y lo sigues, eso será lo que te hará pleno» (CV, 276).

No tengas prisa, el Señor te irá marcando los tiempos, el Señor te irá haciendo desear aquello que te quiera dar. Pero lo más importante no es la vocación, sino el Señor de la vocación. Muchas veces nos solemos obcecar en saber ya nuestra vocación como si fuera lo más importante, y nos olvidamos que lo único importante es Dios. La vocación, no lo olvidemos, es un camino de amistad con Él, es un llamado a estar más cerca suyo. Sea cual sea el modo.

«Jesús camina entre nosotros como lo hacía en Galilea. Pasa por nuestras calles, se detiene y nos mira a los ojos, sin prisa. Su llamado es atractivo, es fascinante» (CV, 277). Sea lo que sea, intenta decirle que SÍ, un sí cada día más fiel y más confiado. 




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