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Señor, no soy digno, I

Por el P. Javier Sánchez Martínez

1. Es usual y dato común en todas las liturgias, ya sean orientales, ya sean occidentales, que inmediatamente antes de distribuir la comunión eucarística, el sacerdote se dirija al pueblo y lo invite a acercarse a comulgar con disposiciones de fe, humildad, santo temor de Dios y, por tanto, en gracia y no en pecado mortal. No es un acceso indiscriminado a todos, sino que se ha de estar preparado y en estado de gracia.

El Catecismo lo recuerda afirmando que “para responder a esta invitación debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia… Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar” (CAT 1385).

También, muy claramente, Juan Pablo II escribía:

“el juicio sobre el estado de gracia, obviamente, corresponde solamente al interesado tratándose de una valoración de conciencia. No obstante, en los casos de un comportamiento externo grave, abierta y establemente contrario a la norma moral, la Iglesia, en su cuidado pastoral por el buen orden comunitario y por respeto al Sacramento, no puede mostrarse indiferente. A esta situación de manifiesta indisposición moral se refiere la norma del Código de Derecho Canónico que no permite la admisión a la comunión eucarística a los que ‘obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ (cn. 915)” (Ecclesia de Eucharistia, 37).

2. Por eso, recordando la santidad de la Eucaristía misma y la necesaria disposición de los fieles, la liturgia introdujo una invitación sacerdotal que es una admonición, una advertencia para todos. La más difundida y corriente es “Sancta sanctis”, es decir, “lo Santo (o las cosas santas) para los santos”. Los fieles todos aclaman y responden con humildad: “sólo Tú eres santo”, reconociendo que, aunque puedan comulgar y están en gracia, son pequeños comparados con la santidad absoluta de Jesucristo.

¿Testimonios? El primero que se puede aducir lo hallamos en las catequesis de S. Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV:

“Después de estas cosas, dice el sacerdote: ‘las cosas santas para los santos’. Santas son las cosas que están delante, que han recibido la venida del Espíritu Santo. Las cosas santas convienen, pues, a los santos. Después vosotros decís: ‘Uno es el santo, uno el Señor: Jesucristo’. En verdad uno es el santo, santo por naturaleza. Nosotros también somos santos, pero no por naturaleza, sino por participación y por ejercicio y oración” (Cat. Mist. V, 18).

El Crisóstomo también alude a esa admonición sacerdotal:

“Por esto mismo clama entonces el sacerdote llamando a los santos, y requiriendo a todos con esta voz para que ninguno se acerque sin la debida preparación. De la misma manera que en un rebaño en el que hay muchas ovejas sanas y muchas llenas también de sarna es necesario separar éstas de las sanas; así también en la Iglesia, ya que en ella hay ovejas sanas y ovejas enfermas, mediante esta voz separa las unas de las otras, recorriendo el sacerdote por todas partes por medio de este clamor terribilísimo, y va llamando y atrayendo a los santos” (S. Juan Crisóstomo, In Heb., 17,4).

Un tercer elemento en la Tradición es el desarrollo ritual que nos describen las Constituciones Apostólicas del s. IV:

“Después de que todos digan ‘Amén’, diga el diácono: ‘Prestad atención’. El obispo dirija la palabra al pueblo de esta manera: ‘Las cosas santas para los santos’.

Responda el pueblo: ‘Un solo santo, un solo Señor, Jesucristo, para gloria de Dios Padre en el Espíritu Santo. Eres bendito por los siglos. Amén. Gloria en las alturas a Dios, paz en la tierra y beneplácito (de Dios) entre los hombres. Hosanna al Hijo de David, bendito el Señor Dios que viene en nombre del Señor y se ha manifestado entre nosotros, hosanna en las alturas’.

Después de esto comulgue el obispo, luego los presbíteros, los diáconos…” (VIII,11-14).

Actualmente, así se sigue realizando en muchas liturgias. La liturgia de Antioquía, celebrada en el Líbano con la anáfora de los doce apóstoles, realiza este antiquísimo diálogo:

“Las cosas santas para los santos y los puros”.

R/: “Un solo Padre santo, un solo Hijo santo, un solo Espíritu vivo y santo. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo vivificador: ahora y hasta el fin de los siglos”.

La Divina Liturgia de S. Juan Crisóstomo, el rito bizantino, realiza esta admonición elevando los dones, antes de una ulterior fracción y otros ritos simbólicos. El diácono avisa: “Estemos atentos”. El sacerdote eleva el sagrado Pan, diciendo en voz alta: “Lo Santo a los santos”. Y los fieles aclaman: “Uno solo es Santo, uno solo es Señor, Jesucristo, para gloria de Dios Padre. Amén”.

Lo mismo se realiza en nuestro rito hispano-mozárabe. El sacerdote sale al pie del altar y elevando la patena y el cáliz, aclama: “Lo santo para los santos”, aunque el actual Ordinario de la Misa, extrañamente, no pone ninguna respuesta en boca de los fieles, como es lo habitual en la tradición litúrgica.



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