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¿Seguiremos hablando de la esperanza después de esto?

Para muchos ha sido todo un descubrimiento: La Esperanza. Es posible vivir con ella y caminar de la mano para no derrumbarse. Como la tormenta del Evangelio, las casas construidas tienen cimientos variopintos. Al igual que las semillas sembradas, que pareciera que sólo algunas poseen raíces que dan vida, que arraigan. O como alguno habrá podido vivir, la esperanza puede ser también la paciencia de Dios, que da un año más para que se dé fruto bajo el signo de la tala inminente.

Me pregunto si la esperanza de la que hemos hablado habrá servido para profundizar y si se habrá incrustado en el alma de las personas, en el alma del Occidente en el que vivo, en el mundo globalizado en el que existimos como en Dios mismo. La esperanza es, y no digo cualquier cosa, el sustrato básico de la vida humana, que actúa como ignorada y de forma silente, al modo como el Espíritu está presente en los corazones sin ser atisbado comúnmente. La esperanza, en mi definición, es la respuesta a la Vida que nace desde la Vida, las ganas de vivir radicadas en mí mismo y abiertas a lo máximo posible, exagerado siempre y desbordante en su medida generosa.

Cuando en la Biblia se habla de esperanza, se dice lo mismo que se puede decir de la fe o del amor. Se parece mucho a la fe, es necesaria para el amor. Sin embargo, se podrá dejar de hablar de ella en un momento: el del Encuentro con Dios definitivo. Llamarla “virtud” es apelar a la excelencia de lo humano como verdaderamente humano. Pero su secreto ignorado está en ser teologal (no teológica), en la relación que se establece por la esperanza con Dios. Este encuentro no se apoya en la muerte, se sustenta en la Vida, en la llamada de la Vida, en su vocación más profunda, que hemos visto claramente que es la santidad contagiada del Bien.

Decimos que la esperanza es anticipación. Pero lo trágico es que no se puede, de ninguna manera anticipar. Si naciera como algo creado por mí, carecería radicalmente del Otro y su provocación. No sería impacto, sino encaje. Miguel García-Baró lo dice con una claridad que espanta: “El punto decisivo está en que no se puede anticipar nada de la revelación de un misterio y, por ello mismo, no puede ser confundido con una creación ni del yo ni del maestro interior al yo. Solo se puede atribuir a la realidad misma en su papel de impersonal maestro exterior o, quizá, al Señor del Ser, como gustaba decir Schelling. Los misterios, en efecto, o son providenciales o son espantosamente azarosos.” Quizá, solo quizá, esto que acontece en la vida despierta a sí misma (C. Romano) sea eventualmente algo que no permita su reducción (Lacoste, Balthasar).

Santiago Silva, en un maravilloso estudio sobre el corazón del Evangelio, el Sermón del Monte de Mateo, esa síntesis brillante que comienza casi en las Bienaventuranzas, tiene un capítulo muy especial dedicado a las “cosas”. En él se expresa, en varias ocasiones, lo idolátrico, en dos sentidos: confundir a Dios con lo que no es Dios y atribuir a Dios lo que no es de Dios. “Estimar” y “desestimar” son sinónimos de “amar” y “odiar”, porque en ellos está puesto el corazón. Sin duda, en todo este capítulo está muy presente y muy cuestionada la pregunta por dónde está situada la esperanza. Porque pueden darse “esperanzas” que lo sean al modo de los “falsos profetas”, oportunistas, con palabras fáciles, centrados en sí mismos, con intereses propios, bajo el signo del egoísmo. Tanto en las recibidas, que en los medios sociales son miles cada día en forma de frases fáciles o mensajes cómodos, como respecto de uno mismo y lo que sale del corazón. Y conviene recordar que aquello que sale del corazón, que nace de mí mismo, será lo decisivo. ¿Dónde está puesta mi esperanza? ¿Está puesta en la Vida?

Lo pensamos muchas veces, y de ahí depende lo que hacemos, en términos que provienen de una escatología reducida a este mundo. Se lo debemos a Marx, al positivismo, a sus inercias inmanentes. La esperanza se debe vivir en el mundo y debe nacer de él, torciendo así el principio de la Encarnación. Si Dios se hizo persona, fue para que todo surgiera de la persona. Y así leemos el mundo y hablamos, nos expresamos con la existencia como lo primero, no con el don recibido anticipadamente. ¿Dejaremos de hablar de la esperanza cuando las circunstancias no sean exigentes, o continuaremos en ello porque la Vida es lo primero? ¿La esperanza nace de la circunstancia o de la Vida? ¿Dónde está?

Si tenemos la esperanza como reclamo de una salvación inmediata, qué sentido tiene. Balthasar, en “La verdad sinfónica” pone el acento continuamente y repetidamente en el Bien, no en el mal o el sinsentido del mundo. La pregunta última para la esperanza es “aceptar la maximalidad del amor de Dios, tal y como se encuentra en Jesucristo: en pobreza y humildad.” (p. 60)

El último capítulo, del breve y hondísimo libro, de “Solo el amor es digno de fe” dice en su inicio algo sobre lo que detenerse, porque es un análisis crucial de nuestro tiempo: “La vida del mundo, que quiere vivir antes de morir, no encuentra en sí misma ninguna esperanza de eternizar lo temporal (sería entonces en construcciones sin esperanza). La palabra de Dios en Jesucristo trae a esta voluntad de vivir que tiene el mundo la única esperanza de forma insospechada más allá de toda posible construcción por parte del mundo.” ¿Cabe esperanza sin sacrificio? ¿Cuál es el sacrificio sino el amor incondicional? Muy potentemente, en “Espíritu subjetivamente”, el mismo Balthasar sentencia: “El ser instruido por el Espíritu, la recepción de su testimonio, no existe en absoluto sin la práctica del mandamiento del amor en el conjunto de la vida del cristiano.” El amor y la esperanza se abrazan definitivamente. No hay esperanza cristiana sin amor más allá de sí, como tampoco hay amor sin el horizonte último y radical de la esperanza que es el encuentro con Dios.

De qué esperanza hablaremos después del COVID, en la nueva normalidad, si es que seguimos hablando de ella, cuáles serán y dónde estarán sus raíces. El individualismo reinante se apropiará para sí, a poco que nos descuidemos, todo. Como una especie de idealismo universal en el que Dios no existe, ni como esperanza, salvo que cada persona lo cree, lo genere y penda, idolátricamente, todo de sí mismo. ¿Ni este impacto brutal nos hará ahondar algo más en todo esto?

José Fernando Juan


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