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Una Semana Santa distinta

Escribo estas líneas con un toque agridulce. Pero siempre, detrás de ellas, con esperanza y con fe, pues ésta es la mejor «tinta» con la que redactar.

Este año la situación que nos rodea es diferente. Pero en medio de todas las calles vacías, y el virus protagonista, hay quien no hace cuarentena, hay quien está presente siempre, allá donde vayamos: Dios. A él podemos recurrir, podemos hablarle, podemos quejarnos, podemos reclamar consuelo, podemos sentir que nos escucha. Él sigue ahí, siempre. Por y para nosotros.

Justo el mes pasado estaba hablando con mi padre para preparar nuestro viaje a Écija, Sevilla, donde cada año salimos en procesión como nazarenos siguiendo una bonita tradición acompañando al Cristo de La Salud, ese Cristo que este año no paseará las calles de la sartén de Andalucía, porque las circunstancias no lo han podido permitir. Ese Cristo que desde su cruz, seguirá cuidándonos y seguirá teniendo la adoración de todos los que le somos fieles.

Y como decía… cuando hace unos días, estábamos contando los que quedaban para ir hacia allá, de repente nos hemos encontrado con un calendario en el que se ha sumado una año más de espera.

Y escribo, repito, con un toque agridulce, porque sé la ilusión que recorre a mi padre este viaje, porque sé cómo se viste el pueblo ecijano con perfume a incienso, porque de igual manera, esa emoción yo la comparto con él, en compañía, y este año, ese miércoles santo, será distinto.


No nos pondremos nuestros trajes de nazarenos, no pasaremos las horas que se hacen eternas agarrando una vara que cada vez pesa más, no estaremos en la esquina escuchando la saeta a la Virgen, pero sí lo haremos con el pensamiento y con el corazón. Aunque suene cursi, tal vez. Pero cualquiera que comparta estos momentos y sensaciones podrá entender la vida que tienen estas palabras.

No importa que no podamos ir esta Semana Santa, no pasa nada que no salgamos en la procesión. El año que viene estaremos doblemente ilusionados y deseosos. A veces, cuando ocurren estas cosas, se nos da una lección que sirve para valorar aquello que muchas veces damos por hecho, y que, sin embargo, cuando se limita, nos percatamos aún más de lo significativo que es.

Igual pasa con los abrazos, las miradas, el cariño en directo. Cuánto valen y cuánto se echan de menos hoy, con la incertidumbre que a veces nos brota de cuándo será el próximo.


Pero todo pasa. Afortunadamente todo pasa. Y esto también pasará. Mientras tanto, esperanza. La procesión este año no sale a las calles, pero este tiempo de «encierro» y reflexión nos podrá dar un empujón para vivir la Semana Santa de otro modo.

El año que viene, volveremos a pasear iluminando con cirios los pasos, este año, toca ser luz los unos a los otros.

Mientras, yo sigo recorriendo las calles en mi mente, teniendo a mi padre detrás, para protegerme. Y  en solo «unos meses» nos daremos un abrazo final, al terminar la procesión, sin mascarillas y sin guantes. Bueno, sí, los guantes negros de nazareno.

Pero recordad mientras (y siempre) que la oración es una buena manera de poder llevar las adversidades de un modo mejor.

(Que suenen los tambores. Esta vez también en honor a todos los que en estos días despiertan aún más su humanidad).

Feliz Semana Santa. Aunque sea distinta.

Natalia Medina



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