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"Yo era un delincuente, hasta que por primera vez en mi vida me sentí amado"

“Yo era un hombre joven, delincuente, que hacía mucho daño. No sólo hería a gente de forma física y verbal a gente que no conocía, sino también a sus familias y a sus madres. Estaba muy perdido. No lograba darle un sentido a mi vida, ni un lugar donde reposar o algún punto de referencia. Así fue como fui expulsado de muchas escuelas públicas y acabé pasando un tiempo en la cárcel”.


Con estas sinceras palabras el joven francés Raphaël Azarias inicia un breve testimonio de su vida y que ha registrado en video de KTO (ver a continuación), para dar razón de su gratitud a Dios.


“Mi madre siempre insistía en que fuera a la escuela, no sé cómo se las arregló para convencer a mi padre, que era un musulmán radical. Mi madre estaba realmente sufriendo en lo íntimo. Su hermana, que era católica, le dijo: Dámelo, tráelo a mi casa, haré todo lo posible para encontrarle una escuela.


Como esta señora no la conocía muy bien y la odiaba, solía pararme frente a su puerta y recitar mis suras sólo para herirla. Pero cuando terminaba, ella apagaba la vela que yo había encendido y encendía la lámpara eléctrica por mí diciéndome: De esta manera te herirás menos los ojos. Era un acto de amor, cotidiano, que empezó a hacer nuestra relación más fluida.


Un día lluvioso caminando dentro de un bosque, escuché en lo profundo de mi corazón una voz que me decía: «¿De verdad quieres ser así?» Me detuve bruscamente, como si toda mi vida hubiera pasado por delante de mí y me agaché, llorando. Lloraba porque era como si tuviera la imagen de una persona que daba su vida por mí, diciendo: «Escucha, te redimí, di mi vida por ti, ahora, si quieres, la única lucha que te queda es seguirme o quedarte donde estás». Me sentí amado por primera vez. Tiempo después me impresionó mucho descubrir el amor en la Biblia, el Salmo 40, que dice: "Me sacó de la fosa fatal, del fango cenagoso; asentó mis pies sobre la roca, consolidó mis pasos". Fue por ello que continué leyéndola.


El libro de Tobías ha sido un punto de inflexión en mi vida y por ello tomé como nombre al bautizarme Rafael Azarías. El día de mi bautismo, mi madre vino y me dijo antes de la misa: ¿Sabes?, cuando estaba embarazada de ti soñé con una señora vestida de blanco y azul, que vino me tomó la mano, me llevó a un pozo, me dio de beber y me dijo: «Este es el fruto que te salvará». En la misa, el sacerdote leyó en el libro de Jeremías: «Cuando estabas en el vientre de tu madre, te conocí, te guie y te hice profeta de las naciones». Esto me hizo llorar, literalmente. Lloré todas las lágrimas de mi cuerpo y me di cuenta de que era amado, amado por Dios y allí Dios me adoptó como hijo, pero yo también lo recibí como padre, lo acepté como padre, lo acepté de verdad como padre y fue la primera vez en mi vida que me atreví a decir: «Dios eres mi padre» porque antes nunca me atreví a decirlo.”



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